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Consejos para dormir del siglo XVII

doncella dormida
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A pesar de la obsesión moderna con una buena noche de descanso, cada vez dormimos menos. Quizás deberíamos prestar atención a los consejos de los primeros médicos modernos.

El sueño es un tema importante para los neurocientíficos y se afanan en estudiarlo. Pero hay una realidad: el mundo occidental pasa cada vez menos horas dormido. Con el auge de la interacción humana en espacios virtuales atemporales, el tiempo que pasamos dormidos se acorta y nuestra vigilia se alarga, con profundas implicaciones para la calidad de vida que llevamos. En particular, el impacto de las pantallas emisoras de luz sobre los ritmos circadianos, tan esenciales para el bienestar, se está volviendo evidente. Un debate similar tuvo lugar durante la Ilustración, cuando los nuevos medios de iluminación artificial ofreció a muchas personas oportunidades de aumentar sus horas de productividad.

godfried schakcken
Un hombre que ofrece oro y monedas a una niña, Godfried Schalcken, c.1665-70

La “ciencia del sueño” comenzó a germinar en el siglo XVII, cuando el descanso se consideraba uno de los factores centrales para mantener una buena salud, junto con otros elementos esenciales como el aire, la comida y la bebida. La mayoría de los escritores estaban de acuerdo en que la cantidad óptima de sueño se encontraba entre siete y nueve horas y que sus beneficios para la salud eran muchos. Sin embargo, la literatura médica de la época sugiere que las personas, entonces como ahora, a menudo sufrían para dormir bien.

Dado que la forma de lograr una buena noche de sueño no era en absoluto fácil, se desarrolló un floreciente mercado de manuales que ofrecían consejos para los insomnes. En 1637, el médico Tobias Venner sugirió una gama de terapias para aquellos que se enfrentaban a la infelicidad de la “observación nocturna”, que incluía “una bebida hecha con almendra mezclada con cebada, flores de borraja, violetas y agua de rosas, todo ello  endulzado con azúcar”. También recomendaba remedios menos convencionales como introducir pequeñas bolsas de anís en las fosas nasales o atar rebanadas de pan empapadas en vinagre a las plantas de los pies.

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El sueño, R. Westall, 1791

Los primeros médicos modernos sabían cuán profundamente el sueño (y la falta de él) podría afectar no solo la mente sino también el bienestar físico en general. El cuerpo se purgaba naturalmente de los “malos humores” durante las horas de oscuridad y, por lo tanto, se aconsejaba a los pacientes que “desbloquearan” sus propias chimeneas internas durmiendo con la boca abierta. El médico William Vaughan escribió en 1612 que el “trayecto descendente de los ´vapores´ malos” del cuerpo podría verse obstaculizado por las suelas gruesas de zapatos de cuero, haciendo que se elevaran dolorosamente hacia los ojos”. Por lo tanto, se recomendaba dormir descalzo. La necesidad de orinar y vaciar los intestinos al despertar, junto con un sentimiento de “sensatez”, era la confirmación de que la noche había completado su trabajo purgativo.

Los médicos siempre enfatizaron que el sueño debe seguir los ritmos naturales de la noche y el día: “Debemos seguir el curso de la naturaleza, es decir, estar despiertos durante el día y dormir por la noche”.

mr mrs caudle
‘Mr & Mrs Caudle’, publicado en ‘Punch’, 1845-50

Tendemos a pensar que la estaba envuelta en la oscuridad, pero los estudiosos del sueño ya estaban sorprendentemente preocupados por lo que ahora llamamos contaminación lumínica. La luz de la luna era un problema en ausencia de cortinas, ya que podía imitar los efectos agitadores de la brillante luz del sol. Quedarse despierto hasta tarde a la luz de las velas, como solían hacer los estudiantes durante sus estudios, era particularmente peligroso.

Si los cuerpos podían rebelarse contra los ritmos de la naturaleza, lo contrario también era cierto. Los primeros médicos modernos ya estaban debatiendo los problemas planteados por lo que ahora llamamos trastorno afectivo estacional. “¿Qué sucede cuando llega una mañana envuelta en la niebla y la penumbra, es más una extensión de la noche que un nuevo día glorioso?” Para el mencionado William Vaughan, el mal tiempo parecía tan peligroso como la atmósfera corrupta del tiempo de la peste. El mejor tratamiento era exponerse a la luz: “Es mejor permanecer en la cama con algo de luz o sentarse en la habitación junto a un fuego”.

Los científicos también comenzaron a rastrear las conexiones entre los ciclos de sueño de las plantas y las personas. Nuestra comprensión actual del ciclo del sueño humano se origina en las observaciones de quienes notaron que la vida de las plantas se rige por los ritmos circadianos, que determinan los movimientos de las hojas y las flores de acuerdo con las fuentes de luz del entorno. El reloj del cuerpo humano funciona según principios similares, ya que está diseñado para estar activo durante el día y para descansar durante las horas de oscuridad. En consecuencia, los médicos establecieron conexiones intuitivas entre las plantas con ciclos de sueño inusuales y las personas con sueño alterado, y recomendaron tratamientos basados ​​en plantas “somnolientas” para insomnes y plantas “espabilidadas” para dormilones.

Quizás la característica más sorprendente del sueño en la edad moderna, sin embargo, es que rara vez se hacía de seguido. La práctica olvidada del ‘sueño segmentado’, descrita por el historiador A. Roger Ekirch en El final del día: Una historia de la noche (2005), describe como las personas generalmente dormían por la noche en dos intervalos iguales, pasando hasta dos horas despiertas entre su primer y segundo sueño. En los largos y oscuros meses de invierno, cuando las clases trabajadoras podían haber pasado hasta 14 horas en la cama, el sueño interrumpido se consideraba rutinario y natural y solo desapareció en Europa con el advenimiento de la iluminación artificial. El primer sueño, considerado como el más indispensable y reparador, era seguido por un período de “observación”, un estado de meditación tranquila, oscura y a menudo de oración, antes de que el segundo sueño condujera hacia el amanecer. En medio de la noche, la gente hacía el amor, avivaba el fuego o incluso se ponía al día con las tareas domésticas. Este período de vigilia nocturna consciente era muy diferente de la peligrosa práctica de extender la noche trabajando hasta altas horas de la noche.

Referencias: At Day’s Close: A History of Night-time (2005), historytoday-Katharine A. Craik, Wikipedia

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