Prevost, a través de su advertencia sobre la inteligencia artificial, emite una advertencia exhaustiva sobre las desigualdades, la explotación, la crisis climática y el papel de los estados y los actores privados.
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Oficialmente, habla sobre inteligencia artificial y la doctrina social de la Iglesia. Sin embargo, al analizarla detenidamente, la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, representa algo más inquietante: una crítica al modelo que sustenta la economía digital, planteando una pregunta que persiste hasta el final: ¿a qué coste humano y ambiental funciona el mundo que hemos construido?
¿La inteligencia artificial? Debe desarmarse y enfriarse
La inteligencia artificial “debe desarmarse”, es el mensaje principal del Papa Prevost. Pero también necesita enfriarse, explica: “Los sistemas actuales de IA requieren grandes cantidades de energía y agua, tienen un impacto significativo en las emisiones de dióxido de carbono y consumen recursos de manera intensiva“, escribe. “Con el aumento de la complejidad, especialmente en los grandes modelos lingüísticos, también aumentan las necesidades de potencia de cálculo y capacidad de almacenamiento, que dependen de un conjunto de máquinas, cables, centros de datos e infraestructuras que consumen mucha energía”.
No es solo un llamado abstracto a la sostenibilidad, sino la constatación de que lo digital tiene un cuerpo físico, consume recursos reales, y ese consumo recae de manera desproporcionada sobre quienes menos voz tienen. Por ello, dice el papa, es fundamental “desarrollar soluciones tecnológicas más sostenibles para reducir el impacto en el medio ambiente y cuidar nuestra Casa común”. Un llamado directo a la tradición ecológica iniciada por Francisco con la Laudato si’, que León XIV recoge y lleva al debate sobre la IA.
La explotación del neocapitalismo digital
Hay un pasaje en la encíclica que parece una verdadera denuncia social, donde León XIV describe la cadena humana oculta detrás de nuestros dispositivos: “Una parte significativa del funcionamiento de la economía digital se sostiene en el trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos, entrenamiento de modelos. En muchos casos se trata de jóvenes, mayoritariamente mujeres, que trabajan arduamente por compensaciones mínimas”. Y luego, el pasaje más duro: “A este esfuerzo invisible se suma el más brutal, la extracción de recursos necesarios para la producción de dispositivos y microprocesadores en los que se basa la IA. En algunas regiones del mundo, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de materiales de los cuales se extraen tierras raras. Cuerpos marcados, mutilados, consumidos porque el flujo de cálculo no se interrumpa”.
Una especie de neocolonialismo digital, que afecta “a territorios enteros, especialmente aquellos con menor relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural” que “son atravesados por una nueva lógica de extracción: la de flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos.” Los datos, o mejor dicho los big data, son “las nuevas ‘tierras raras’ del poder, recolectadas a menudo “bajo el signo de la ayuda, la investigación o la innovación”. La conclusión es inequívoca: si no se devuelve a los pueblos “no solo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo serán utilizados, por quién y para quién”, entonces “la era digital no será post-colonial, sino colonial bajo otra forma”.
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Javier Martínez es un periodista científico apasionado por la física, la biología y la astronomía. Con años de investigación, convierte hallazgos complejos en artículos claros y accesibles. Su escritura precisa le aclara las claves de cada descubrimiento.