Rohingya es un término comúnmente utilizado para referirse a una comunidad de musulmanes que mayoritariamente se concentra en el estado de Rakáin en Myanmar (Birmania), aunque también se pueden encontrar en otras partes del país, así como en campos de refugiados en el vecino Bangladesh y otros países. Está considerada una de las minorías más perseguidas del mundo. A principios del siglo XXI, los Rohingya constituían aproximadamente un tercio de la población en el estado de Rakáin, y los budistas una proporción significativa de los dos tercios restantes.
El uso del término Rohingya es muy controvertido en Myanmar. Sus líderes siempre han mantenido que la suya es una comunidad étnica, cultural y lingüística distinta y con su propia idiosincrasia que remonta sus orígenes a finales del siglo VII, y no les falta razón. Su folklore, arte, música, ropajes y costumbres son únicos.
Sin embargo, la población budista en general rechaza la terminología rohingya, refiriéndose a ellos en su lugar como bengalíes. Durante el censo de 2014, el primero que se llevó a cabo en 30 años, el gobierno de Myanmar tomó la decisión de no censar a los que se identificaban como rohingya y solo «contabilizaría» a los que aceptaran considerarse bengalíes.

Desde el último cuarto del siglo XX, muchos rohingya se han visto obligados a huir de sus hogares periódicamente -ya sea a otras áreas en Myanmar o a otros países- debido a la violencia que se respiraba en el estado de Rakáin o, más comúnmente, campañas del ejército de Myanmar, del cual eran el blanco. Se han producido oleadas importantes de desplazamientos, incluidas las ocurridas en 1978, 1991-92, 2012, 2015, 2016, 2017, e incluso a fecha de hoy se siguen produciendo.

A mediados de mayo de 2015, comenzaron a aparecer informes de medios internacionales sobre la situación crítica que sufrían entre 6.000 y 7.000 personas. migrantes y refugiados, principalmente rohingya de Myanmar y Bangladesh, que fueron apiñados en barcos que se desplazaban a la deriva frente a las costas de Tailandia, Malasia e Indonesia; los gobiernos de esos países negaron el desembarco de migrantes y refugiados y empujaron a los buques de vuelta al mar abierto.
Los Rohingya han emprendido viajes muy peligrosos para escapar de las condiciones deplorables en Myanmar (y Bangladesh) durante más de una década, aunque en los últimos tres años ha habido un aumento dramático de desplazamientos. Sin duda, la situación de estas personas es límite, y cualquier ayuda humanitaria que les prestemos será poca.







