El obstáculo insospechado que impide a esta serie alcanzar su verdadero potencial

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Por Manuel Sánchez

“Nobody Wants This” regresó a Netflix para su segunda temporada, cargada del mismo encanto y frescura, pero aún arrastrando un obstáculo que nadie esperaba: su empeño en tener una trama que no la deja brillar de verdad. ¿Cómo algo tan prometedor puede tropezar con su propio guion?

Un elenco de primera eclipsado por la fórmula

El regreso de la serie creada por Erin Foster ha traído menos drama tras bambalinas y más de lo que siempre funciona: carisma, comedia y esa facilidad de ver episodio tras episodio casi sin pestañear. Adam Brody, en su resurgir como “Hot Rabbi”, sigue deleitando, y aunque Kristen Bell no siempre convenza fuera de cámara, su talento en escena es indiscutible: “Nobody Wants This” se suma cómodamente a su interminable lista de éxitos televisivos.

Sin embargo, el verdadero espectáculo está en el reparto secundario:

  • Timothy Simons y Jackie Tohn, como Sasha y Esther, acaparan la atención en cada aparición.
  • El personaje de Justine Lupe supera en dinamismo a la propia Joanne de Bell.
  • Los padres —interpretados por Stephanie Faracy, Tovah Feldshuh, Paul Ben-Victor y Michael Hitchcock— son auténtico oro televisivo.
  • La única queja real está en la escasa presencia de Ashley, interpretada por Sherry Cola.

La serie bebede la mezcla perfecta de diálogos afilados, personajes entrañables y humor inteligente. ¿El problema? Insiste en atarse a los mecanismos de la comedia romántica, impidiendo que esos personajes simplemente disfruten y vibren juntos en pantalla, conversando sobre vida, judaísmo o lo que sea que esté en el menú del día. Con ese elenco, la serie podría triunfar con la naturalidad de una “hangout sitcom” al estilo Cougar Town, New Girl, Happy Endings o Friends, donde las historias fluyen desde la personalidad, no desde la obligación de la trama.

La misma piedra: una trama que se repite

Aquí está el verdadero tropiezo: ambas temporadas de “Nobody Wants This” son esencialmente una comedia romántica de cinco horas estirada en diez episodios, cada uno con un nuevo obstáculo para que Joanne y Noah lo superen. Y, cómo no, todo se desmorona justo antes de la versión propia del “correr al aeropuerto”.

Incluso los episodios más brillantes caen en la trampa. El episodio con Leighton Meester, donde Joanne y Morgan van a un Simchat Bat y reavivan una vieja rivalidad con una amiga convertida en influencer, tenía todo para ser un clásico instantáneo. Pero, al final, la historia termina orbitando una vez más alrededor de la relación Joanne-Noah. ¿La fiesta de Purim? Igual: empieza divertida y termina, inevitablemente, en una discusión sobre la reticencia de Joanne a convertirse al judaísmo.

El judaísmo: elemento genuino, pero encorsetado

Como alguien convertido, el modo en que la serie integra el judaísmo es digno de apreciación y ha sido aún más sólido esta temporada. Sin embargo, sería mucho más divertido si emergiera de manera orgánica, no como recurso recurrente de conflicto. Imagina un episodio donde los personajes simplemente discuten y se reconcilian durante la cena de Shabat, en lugar de usar ese contexto como combustible para la enésima pelea entre Joanne y la madre de Noah.

Mientras tanto, la relación de Morgan con su terapeuta (Arian Moayed), una trama absurda y perfectamente dosificable, podría dar juego durante toda la temporada si no estuviera opacada por la tensión autoimpuesta sobre la conversión. Esta insistencia, lejos de ayudar, va desgastando el potencial cómico.

Conclusión: Más risas, menos obsesión con el conflicto central

Sí, hay curiosidad por ver si Joanne realiza el proceso de conversión en una hipotética tercera temporada, pero ¿hacía falta toda una “temporada puente” para ello? Las inevitables crisis de fe sólo ralentizan el viaje, y la serie termina encerrándose en una esquina narrativa que amenaza con truncar un recorrido que podría ser largo y gratificante.

En resumen: Noah y Joanne discuten demasiado, siempre por lo mismo, y ese conflicto único y reciclado es lo que impide que “Nobody Wants This” alcance la grandeza cómica para la que está destinada. El consejo está claro: mencionen la historia de la conversión de vez en cuando, pero no permitan que defina la serie. Así, la comedia podría finalmente desplegarse en todo su esplendor —y nosotros, espectadores, agradeceremos cada minuto extra de diversión.

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