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Estas tormentas cambiaron la historia

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El 5 de septiembre, 394 dC, una violenta tormenta llenó de polvo las caras de ejército dirigido por el magister militum franco Arbogastes, al servicio de Eugenio, que se había apoderado de la mitad occidental del Imperio Romano. Fue tan feroz que los cegó, hizo que sus jabalinas no llegaran al enemigo e incluso les arrancó las armas de las manos.

El hombre que se benefició fue su rival, el cristiano Teodosio I -nacido en Hispania- y gobernante del Imperio Romano de Oriente con sede en Constantinopla. Fue la llamada Batalla del río Frígido. Teodosio fue el último hombre en unir los imperios romanos oriental y occidental y asegurar la victoria final del cristianismo sobre los antiguos dioses paganos. Después de su muerte, las dos partes del Imperio se separaron definitivamente.

Esta fue solo una de las ocasiones en que una tormenta se entrometió en el curso de la historia. En 480 a.C., el emperador persa, Jerjes el Grande, sentenció a flagelar las aguas de los Dardanelos a 300 latigazos, cuando, por una tempestad, arrastraron los pontones que había construido para llevar a su ejército hasta Grecia.

jerjes dardanelosLas tormentas también desempeñaron un papel en la crucial derrota del ejército romano por parte de tribus alemanas en el bosque de Teutoburgo en el año 9 dC, que detuvo la expansión del imperio en el Rin y consolidó la división de Europa en el norte germánico y el sur latino.

Cuando Felipe II de España envió su gran Armada contra Inglaterra en 1588, las tormentas de verano (los españoles dijeron que parecía más diciembre que junio) retrasaron la invasión en más de dos meses.

A la flota inglesa le dio tiempo a pertrecharse mejor y obtuvo una importante victoria frente a las Gravelinas. Luego vinieron las tormentas que convirtieron la derrota en un desastre, conduciendo a la flota española por las costas de Escocia e Irlanda en su intento de regresar a casa. Decenas de barcos y miles de hombres se perdieron. “Dios respiró y se dispersaron”, dijo en la celebración Isabel I.

La Gran ArmadaLo que los japoneses llamaron kamikaze (vientos divinos) salvó en dos ocasiones a Japón de ser invadido por los descendientes mongoles de Gengis Kan, cuando los tifones destruyeron sus flotas invasoras en 1274 y 1281.

Pero las tormentas no interfirieron con la historia solo al interrumpir las acciones militares.

En 1609, un convoy que se dirigía a la colonia inglesa de Jamestown, Virginia, se desvió de su curso, con el resultado de que descubrieron Bermuda, que todavía es un territorio británico de ultramar pero ahora un paraíso vacacional fiscal. El episodio parece haber inspirado la última obra de Shakespeare, La Tempestad.

Una consecuencia más perturbadora fue lo que sucedió después de que las cosechas francesas sufrieran inundaciones y una granizada devastadora el 13 de julio de 1788, que mató a personas y ganado y destruyó muchos cultivos. La falta de pan provocó una gran hambruna, redujo los ingresos fiscales y arruinó al gobierno. Luis XVI tuvo que hacer un llamamiento a los Estados Generales, el equivalente francés del Parlamento, por primera vez en 175 años, poniendo al país en el camino de la revolución.

Pero, por supuesto, eso fue hace mucho tiempo, y durante los últimos cien años, el pronóstico del tiempo ha mejorado enormemente, ¿pero esto ha disminuido la capacidad de la naturaleza para reescribir la historia?.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los combatientes dedicaron enormes recursos a predecir tormentas, con el Reino Unido, por ejemplo, destinando una unidad secreta a la localización de tormentas, que se dice que era capaz de registrar cada destello de un rayo a más de 2.000 millas de distancia. Pero incluso entonces las flotas aliadas fueron severamente dañadas frente a Filipinas en 1944 y Okinawa en 1945.

35 años más tarde, el clima arruinó el intento del presidente Jimmy Carter de rescatar a los rehenes estadounidenses de Irán en 1980, cuando una inesperada tormenta de polvo destruyó la mayoría de los helicópteros.

Desde entonces, por supuesto, los ordenadores se han vuelto cada vez más potentes y capaces de procesar montañas cada vez más grandes de datos meteorológicos, pero esto no es óbice para que la madre naturaleza nos siga sorprendiendo de cuando en cuando, la soberbia humana sigue desafiando a los elementos y, como siempre, perderá la batalla.

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