A todos inspiró, a todos enamoró. El propio Sigmund Freud, el gran padre del psicoanálisis, había colocado una foto suya inmensa en la entrada de su Consultorio para animar a los pacientes que acudían a verle. Impresionó a propios y ajenos. Oscar Wilde le dedicó una obra, Salomé. Pero es que Mark Twain, el célebre autor norteamericano también dijo “Solo hay cinco categorías de actrices: las malas, las regulares, las buenas, las muy buenas, y por supuesto, Sarah Bernhardt…”. Fue considerada la voz de oro del teatro francés, y por ende internacional. Su voz, perfectamente modulada se proyectaba a gran distancia para sorpresa de todos. Los críticos franceses (tan rigurosos en algunos extremos) llegaron a decir que nadie “fallecía” como Sarah Bernhardt. Y es que sus muertes ficticias eran aclamadas y aplaudidas entre vítores por largos y largos minutos, para alabar a la mujer más importante de su tiempo si atendemos a las artes escénicas.
Vino al mundo en ese París previo a la Revolución de 1848. En esa Ciudad de la Luz nació un 22 de octubre de 1845. Y no tuvo una infancia fácil. Su madre, en busca de nuevas oportunidades iba de cama en cama, de amante en amante, buscando su príncipe azul, un asunto que por otra parte también buscó su hija durante toda su vida. Quedó huérfana de padre muy pronto, tanto que su madre tuvo que buscar un protector, un mecenas, un tutor para que su hija recibiese la instrucción académica deseada. Y esta llegó gracias al Duque de Morny, uno de los amantes habituales de su madre, quien la inscribió en un Convento donde las Monjas comenzaron a modelar la personalidad de la chiquilla, y eso facilitó que siendo adolescente pudiera ingresar en el Conservatorio de París, dispuesta a ser una gran actriz, su sueño desde muy jovencita.
Lo cierto es que Sarah Bernhardt llamaba poderosamente la atención por su figura esbelta, por su cara agraciada y su magnífico don de gentes. Y no empezaron a faltarle pretendientes ya en edad temprana. Uno de ellos caló en su corazón, era un noble belga llamado Charles-Joseph Lamoral, que le dio amor y el único hijo que tuvo Sarah a lo largo de su vida. Pero la familia de este noble determinó que aquel amor apasionado y desmedido era imposible y lo animó a dejar a su amante francesa. Parecía que el camino de Sarah por la vida iba a ser idéntico al de su madre, pero estaba determinada a triunfar en la escena.
Esa popularidad que alcanzó le granjeó muchas amistades, pero también muchos la rondaron, quisieron tener su amor, y esto lo llevo siempre de forma discreta. Le gustaba anunciar que tenía amantes pero con la “boquita pequeña”. Pronto se dio cuenta de que las grandes estrellas se diferencian de otras por sus actos excéntricos. Se paseaba por los escenarios franceses, y comenzó a ser una gran especialista en las obras de William Shakespeare, nadie como ella lo hacia, y eso que la mayoría de protagonistas de las obras de Shakespeare eran hombres. Aunque tampoco dejó de lado los grandes personajes femeninos, y en ese sentido habría que recordar que interpretó como nadie a la protagonista de La Dama de las Camelias, la gran obra de Alejandro Dumas hijo.
En aquella época de decadencia victoriana, la irradiación que transmitía era gozosa. Tanto, que a los 35 años ya fundó su propia Compañía (hay que decir que se enriqueció tantas veces como se arruinó, era muy manirrota).
A lo largo de su vida estrenó 150 obras con total éxito. Iba cumpliendo años, pero mejoraba con la edad. Y llegó el tiempo del séptimo arte. En 1900, Sarah Bernhardt fue de las primeras actrices en entender que el Cine sería el futuro, y dicen que lloró emocionada cuando vio por primera vez su imagen en una película. Fue entonces cuando dijo “Al fin lo he conseguido, al fin soy inmortal…”. Por supuesto, también recibió la inquina de algunas compañeras de profesión, y un sector de la crítica especializada que se encargó de escribir libros para difamarla y acusarla de tal o cual tropelía, asunto que ella, por supuesto, lo recibía con total desdén, y decía “De algo tienen que escribir, de algo tienen que hablar”. No ha cambiado mucho algún sector de la prensa, que se dedica a airear trapos sucios y a carroñear sobre vidas ajenas. Concibió como nadie el negocio del espectáculo, pero claro, en este caso se unía a sus indudables cualidades artísticas, y se prestó para los anuncios de la época. Anunciaba Tabaco, Maquillaje, Agua mineral, Gominolas… lo que fuera menester.
Escucha a Sarah Bernhardt en este extracto de audio de la obra “La Samaritana” (1903). Gracias a Chesana
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La Rosa de los Vientos – Onda Cero