A principios del siglo XX quedaban pocos retos para el ser humano en cuanto a la exploración y conquista de nuestro planeta tierra. Había 2 grandes objetivos, fijados en ambos Polos. Ya por entonces se conocía casi todo lo que había que conocer sobre el Continente Americano, sobre Oceanía, Africa, Asia… por tanto, los hombres buscaron nuevas ambiciones, nuevas metas. Había que conquistar el Polo Norte y el Polo Sur. Había que rubricar el definitivo mapa del planeta Tierra, nuestro hogar. Debíamos saber si en el Artico existía tierra, y queríamos saber algo más sobre la inmensidad del sexto continente, la Antártida. Y, en Noruega, había un niño soñando con conquistar el Polo. Dedicó toda su vida a ello, y paradójicamente ese sueño de conquista sobre el Artico no lo pudo culminar, y sin embargo si lo hizo en el extremo opuesto del planeta.
Nacido el 16 de julio de 1872, desde bien pequeño soño con conquistar el Polo Norte. Dicen sus biógrafos de él, que con apenas 8 años de edad, abría las ventanas de su habitación y dejaba pasar el gélido aire de Noruega. Imaginaos a varios grados bajo cero, aquel niño temblando de frío bajo la manta, y aguantando impávido la llegada de los fríos polares. Se estaba poniendo en contacto con su gran meta, su sueño. Y empezó con 8 años a prepararse a fondo. Nadaba en las heladas aguas de Noruega con la intención de mejorar su fondo físico. También esquiaba, era un estupendo esquiador como casi todos los noruegos. Corría para endurecer sus músculos, corría en aquellas primigenias bicicletas para fortalecer las piernas, y, sobre todo, se preparaba psicológicamente para una de las mayores aventuras a las que se podía enfrentar el ser humano, la conquista del Artico…
Había leído muchísimo. Toda la bibliografía existente. Cualquier libro que hablara sobre la conquista de los Polos lo devoraba con avidez. Roald Amundsen, listo como nadie, enseguida supo ver que buena parte de las catástrofes acontecidas en las expediciones anteriores, se habían debido a la inexperiencia de los Capitanes marinos. Por eso se enrola en un barco dispuesto a aprender las Artes y el Oficio de la marinería, sabe que si conoce el funcionamiento de un barco desde la proa hasta la popa, tendrá muchas posibilidades de éxito en su aventura. Durante 3 años trabaja como marinero, y en sus ratos de ocio seguía preparándose físicamente. Bien es cierto que si no se hubiese propuesto adentrarse en llegar al Polo, hubiese podido participar en cualquier Olimpiada, porque era un auténtico atleta.
Y aquí le tenemos en 1897, enrolándose en la expedición del Barón de Gerlache, que curiosamente no va al Polo Norte sino al Polo Sur. Allí se alista como Oficial y zarpan rumbo a los mares del Sur. Como Roald ya había intuido, la expedición toma tintes de tragedia debido a la inexperiencia de los marineros, y el barco queda encallado en los hielos polares de la Antártida. La tragedia se masca. El escorbuto hace presa de muchos marineros. Con sus conocimientos adquiridos en Medicina, se convierte en el protagonista de aquella expedición. El Barón de Gerlache está muy enfermo, los marineros abatidos, entregados a su suerte. Pero él con tesón, intenta animar a sus compañeros, confecciona con sus propias manos abrigos de piel de foca, y les estimula de tal manera que logra mantenerles vivos hasta la llegada de la expedición de rescate que logra sacarles de allí. Es un héroe. Todo el mundo habla de aquel experto Oficial que ha conseguido salvar la vida de la tripulación y llevarles con vida de nuevo a casa.
Roald Amundsen ha estado ya en la Antártida, pero sigue anhelando conquistar el Polo Norte. En 1903, con unos ahorros, compra un barco, el Gjoa. Es un barco pequeño y con una escasísima tripulación se lanza a la aventura de descubrir el mítico Paso del Noroeste, esa vía de navegación entre el Atlántico y el Pacífico, en la zona más septentrional de la Tierra. Por entonces, aún no se había inagurado el Canal de Panamá, por tanto era una apetecible vía comercial para el tránsito de buques mercantes. Y consuma su propósito en 1905. Su alegría es tan grande, que no puede esperar a regresar a Noruega y, en compañía de un amigo, cruza 500 millas de Alaska, superando pasos de más de 2.500mts de altura en trineo, para llegar a una ciudad donde enviar un telegrama al mundo narrando su descubrimiento. Proclama a los cuatro vientos que el Paso del Noroeste ha sido abierto.
En estos 2 años de peripecias, entra en contacto con los aborígenes, los Inuit (mal llamados esquimales) y entiende que la conquista también es asunto de paciencia. Observa que los Inuit, cada movimiento, cada paso que dan, lo hacen con suma lentitud, que comprueban todos los detalles al milímetro. Aprende que cuando te colocas un abrigo de foca no puede haber ni un solo orificio, ni una abertura por mínima que sea, porque eso puedo conllevar la muerte. Estas enseñanzas serán utilísimas para la conquista de la Antártida.
Después de haber abierto el Paso del Noroeste, y de haber aportado ingentes datos sobre el magnetismo de la tierra (muy valorado por la comunidad científica), ha llegado el momento para la conquista del Polo Norte. Compra un segundo buque, el legendario Fram, y empieza a pertrecharse y a preparar todos los detalles del viaje. Pero en 1909 llegan noticias de que supuestamente el comandante norteamericano Robert Peary había llegado al Polo Norte. Este asunto aún hoy se sigue debatiendo, de si realmente Peary llegó al centro geográfico del Polo Norte. Pero lo cierto es que la noticia desanima muchísimo a Roald Amundsen. Su sueño infantil queda diezmado ¿y ahora que hacer? ¿ a qué se dedicará?. Pues muy sencillo, si no enfilamos proa hacia el norte, enfilemos proa hacia el sur….
Tienen trineos convencionales, y han elegido 116 perros. La idea de los noruegos es que 13 perros tiren de cada trineo, y comienza la aventura, la carrera. Y llega la desgracia para los británicos, su velocidad empieza a bajar, porque no habían calculado que las orugas pronto se iban a averiar por las extremas temperaturas sobre los motores. Y por si fuera poco, los ponys, que transpiran por su piel, en pocos días han muerto víctimas de la congelación. Los perros no, porque los perros transpiran por la lengua, y están más que habituados a dormir a varios grados bajo cero. Por tanto, el primer éxito se lo apuntan los noruegos. Los británicos, desesperados, deciden continuar a pie. Mientras tanto en la expedición noruega van causando baja algunos perros (más de 100 perros murieron en ese tránsito). Pero continúan, volando como el viento, y se van acercando cada vez más a su objetivo. Superan los 88º latitud sur, apenas quedan 2º y se van acercando…
Nos encontramos en el 14 de diciembre de 1911, un viernes a las 3 de la tarde, cuando logran llegar a su objetivo. En ese momento, con un viento aterrador, Roald Amundsen clava la bandera noruega en los 90º latitud sur del planeta. Una de sus frases legendarias “Llevo toda mi vida soñando con conquistar el Polo Norte, y heme aquí, hoy, en este día, conquistando el Polo Sur…”. Durante unos días toman apuntes y notas, y deciden regresar con el sueño cumplido. La bandera queda como testigo de la hazaña, y también una tienda de color negro. Dentro de ella hay algunos artilugios y una carta, una carta dirigida al Comandante Scott. En esa carta le da ánimos, y le sugiere que si tiene posibilidad haga llegar ese documento al Rey de Noruega.
Scott tardaría más tiempo, porque llegó el 16 de enero de año siguiente, y con desesperación comprueba como esa bandera noruega se encuentra allí clavada. En la tienda de campaña descubren la carta, y tristes, muy tristes, estos héroes (porque no hay duda de que también lo fueron) deciden regresar, aunque nunca llegarán con vida a su destino. En 1912 se descubren sus cuerpos congelados. También merecen un homenaje Scott y los suyos.
Ya es un personaje consagrado, un héroe de Noruega, y como todos los héroes se debe tener una muerte digna de tales. El 18 de junio de 1928, encabeza una expedición de rescate dispuesta a descubrir donde se encuentran los restos del dirigible Italia, en él que viajaba un amigo suyo. Ese dirigible posteriormente fue rescatado, pero la expedición de Amundsen no tuvo tanta suerte esta vez, y ese fatídico día se perdía para siempre su avión en la inmensidad blanca y helada del Polo Norte. Tres horas después de haber despegado, transmitieron su última señal. Nunca más se volvió a saber de ellos, y así terminó la peripecia vital de Roald Amundsen, uno de los grandes, uno de los últimos conquistadores de la Tierra.
Hola, querida Carolina.
Esos maravillosos perros Huskies son un 70 u 80% del éxito de la aventura. Sin ellos no se podría haber conseguido la gesta.
Como dices, son valientes y resistentes a más no poder...
Publique un post sobre el mapa de Piri Reis en el que, como tu dices podemas observar claramente el contorno antártico.
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Muchos besos