Hace unos 4.000 años, una pareja esculpió un contrato prenupcial en arcilla. Cuando se encontró en 2017 en el sitio arqueológico de Kultepe-Kanesh en Turquía, pronto quedó claro que tener hijos era parte del trato.
La pareja asiria, Laqipum y Hatala, acordaron intentar durante dos años producir su propia descendencia. Si no llegaba ninguno, se convertía en el deber de la esposa el buscar una solución. Más específicamente, Hatala tenía que comprar una esclava para su esposo. Una vez que tuvieran un hijo juntos, a Laqipum se le permitía vender a la madre si así lo deseaba.
Aquí está la traducción:
“Laqipum se ha casado con Hatala, hija de Enishru. En el país [Anatolia Central], Laqipum no puede casarse con otra [mujer], [sino] en la ciudad [de Ashur], pero puede casarse con un hieródulo. Si, dentro de dos años, ella [Hatala] no le proporciona descendencia, ella misma comprará una esclava, y más tarde, después de que haya dado a luz a un hijo suyo, él podrá disponer de ella para venderla donde quiera que le plazca”.
El contrato es el más antiguo en mencionar la subrogación y la infertilidad, aunque desde una perspectiva algo diferente a la practicada en la actualidad. Aunque refleja la antigua creencia de que la infertilidad era culpa de la esposa, el contrato proporcionaba un acuerdo de divorcio con igualdad de oportunidades. La persona que iniciaba la separación tenía que pagar a la otra persona cinco minas de plata.
(*) Crédito imagen y referencias: LiveScience
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