Hablar con una inteligencia artificial puede parecer tan sencillo como enviar un mensaje de WhatsApp, pero, ¿y si te dijera que cometer ese “pecado” cotidiano es el mayor error al usar estos sistemas? No temas: sigue leyendo y entenderás por qué el arte de conversar con una IA requiere mucho más que pulsar “enviar”.
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¿Las IA leen nuestra mente? ¡Ojalá!
Las inteligencias artificiales generativas, esas máquinas capaces de predecir la respuesta más adecuada según nuestras peticiones, hacen imprescindible el arte de dar instrucciones claras. Pero, ¿es tan intuitivo como parece? Puede que no estemos reinventando la rueda al decir que para recibir buenas respuestas, hay que hacer buenas preguntas. Sin embargo, al tratar a ChatGPT como si fuera nuestro colega de chat y redactar a la carrera nuestros mensajes, quizás estemos desperdiciando el verdadero potencial revolucionario de la herramienta.
Cuando el diablo está en los detalles: los “prompts”
En octubre, la desarrolladora estadounidense Meredith Ringel Morris publicó un artículo donde afirmaba que pequeñas variaciones en las palabras, la ortografía o la puntuación en el «prompt» llevan a grandes cambios en la respuesta. Pero, ¿qué es un «prompt»? Este término, tomado del inglés incitar o entrenar, se refiere a una instrucción escrita en lenguaje “natural”, enviada a la IA para generar una respuesta. Así que no, no es lo mismo preguntar «¿Qué tiempo hace hoy?» que «Dame un resumen meteorológico con énfasis en la probabilidad de lluvia y temperaturas extremas». Los detalles cuentan… ¡y cómo!
Las trampas invisibles: sesgos y bucles algorítmicos
El reto de la IA no termina con la claridad del “prompt”. A veces, sus respuestas revelan sesgos ocultos, fruto de la programación y construcción de los algoritmos. Un ejemplo: si preguntas cuál es el principal gas de efecto invernadero, la IA puede responder «CO2». Sin embargo, si señalas que debería ser el vapor de agua atmosférico, ¡te da la razón! Pero insiste que es el CO2 antropogénico quien rompe el equilibrio climático. Y si pides la fuente principal de emisiones de CO2, la IA quizá diga «las emisiones humanas relacionadas con los hidrocarburos», cuando en realidad la mayor parte proviene del propio planeta. Si señalas que el 96% proviene de la Tierra y solo un modesto 4% del ser humano, la respuesta será: «sí, pero ese 4% altera los equilibrios». Se preguntará uno: ¿de verdad el 4% pesa más que el 96%? La IA concluye, imperturbable: «La variabilidad natural, por supuesto, importa, pero el CO2 antropogénico sigue perturbando los equilibrios». Insiste y la máquina entra en bucle, imposible sacarla de su guion programado. ¿Eso es “inteligencia”? ¡Menuda miseria!
El lenguaje: ¿solución global o nueva torre de Babel?
Ahora bien, la lengua también juega su partida. Solo cinco idiomas tienen el monopolio en internet. Paradójicamente, hoy la inteligencia artificial emerge como una herramienta preciada para rescatar lenguas como el ainu, el inuktitut y otros muchos idiomas esparcidos a lo largo y ancho del planeta.
- Expresiones ultra-virales importadas de lenguas africanas, el argot o diferentes sociolectos, acceden por fin a una visibilidad inédita y echan raíces en el habla cotidiana.
- En plena transmisión del discurso de Emmanuel Macron durante una cena de Estado en Windsor, no pasó desapercibido que el presentador estrella de GB News interrumpiera la emisión para reprochar al presidente francés que no hablase en inglés. Sí, el idioma importa, ¡y mucho!
No menos curiosa es la visión pedagógica actual, que reduce la ortografía a un simple factor de desigualdad social, hasta el punto de que las nuevas instrucciones de corrección invitan a ignorar los errores de lengua y centrarse en el contenido, como si escribir correctamente fuera un lujo innecesario.
Conclusión: hablar con IA no es trivial, pero es terriblemente humano equivocarse
Así que, antes de culpar a la inteligencia artificial de todas nuestras frustraciones, quizá convenga mirar primero en el espejo del “prompt” y del idioma que elegimos. La próxima vez que hables con una IA, dale la oportunidad de mostrarte su verdadero potencial: escribe con claridad, cuida tus instrucciones “como si fueras al dentista” y revisa tu ortografía, porque, como hemos visto, los pequeños detalles pueden cambiarlo todo. Y recuerda, el mayor error no está en la máquina… sino en cómo le hablamos.
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Manuel Sánchez es un periodista curioso por naturaleza, especializado en historias insólitas, datos sorprendentes y esas noticias que pocos se atreven a contar. Explora lo extraño, lo viral y lo inesperado con una mirada aguda y entretenida. Con estilo dinámico y siempre bien informado, le descubre los hechos más comentados… antes de que se hagan virales.
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