El gran Oscar Wilde, el que así mismo se llamó el Rey de la Vida, el sumo sacerdote de la decadencia victoriana que le abrumó, que le asoló, que le encarceló, que le olvidó, que le forzó al exilio. El profesor de estética, un título que no existía, pero que él invento, porque él inventaba. Era original ante todo, excéntrico, lejos de la vulgaridad y siempre cercano a la lucidez. Es una de esas personalidades que se escapan a cualquier interpretación, porque él en si mismo era una interpretación. Dicen que su mejor obra de arte fue sin ninguna duda, él mismo. Que criticado, que denostado, que menospreciado fue Oscar Wilde. Es cierto que tuvo una vida disoluta, siempre viviendo al margen de todo, y él mismo se consideraba un marginado. Pero una leyenda negra cayó sobre él, un juicio tremendo y terrible hizo que durante más de 20 años nadie en el Reino Unido pusiera a sus hijos el nombre Oscar.
El 16 de octubre de 1954 nacía Oscar Wilde en Dublín, en una familia irlandesa acomodada. Su padre, un afamado otorrinolaringólogo, oftalmólogo y además consejero asesor de la Reina. Y su madre, una feminista de pro, una independista irlandesa tremendamente culta. Jane era tremenda, y dicen que Oscar Wilde siempre tuvo como referencia a su altiva y revolucionaria madre. Sus padres, al tener posibilidades, procuraron para sus hijos la mejor educación posible, y pronto fueron a los mejores colegios. La verdad es que fue un estudiante regular (como todos los genios), ya que era pésimo en muchas materias, pero muy interesado con todo lo que supusiera “olor a clásico”. Le encantaba el Latín, el Griego, los Clásicos, no en vano sería el máximo estandarte del neopaganismo. Sobre todo le interesaba Grecia, y todo lo que suponía Grecia.
Y en ese ambiente protestante, por aquel entonces, va creciendo el pequeño Oscar, y consigue algún éxito en los estudios, lo que le procura una beca en Oxford. Y en 1874, cuando está a punto de cumplir los 20 años ingresó en la prestigiosa Universidad, donde le esperaba el ambiente que el quería encontrar. Aquellos jóvenes que practicaban deporte, que discutían sobre los escritores de la época… Siempre recordará que Oxford supuso el mejor momento de su vida, donde encontró su camino. En 1876, su padre fallecía, y le dejó una pequeña herencia, la cual aprovechó para dilapidarla rápidamente claro, otra de las constantes en su vida. Pero la aprovechó en un viaje cultural, y junto a 3 compañeros y un viejo profesor suyo marcharon rumbo a la eterna Grecia. Y por allí se les puede ver, descubriendo Atenas, descubriendo Arcadia, descubriendo aquellas esculturas, aquellos edificios. El origen de Europa, y queda fascinado por lo que está viendo, y aunque nunca más volverá a aquel país, ese viaje marcará toda su vida…
Desgraciadamente termina Oxford para él, se licencia con brillantez, y algunos poemas empiezan a circular. Quiere ser poeta, quiere ser dramaturgo, escritor, quiere serlo todo…, pero todo lo que se escape a lo convencional, quiere ser ante todo un esteta. Para él, la vida de la época era demasiado aburrida, y pretende cambiarlo todo, y empieza a intuir su primera obra de teatro, Vera o los Nihilistas. Estamos ya en la década de los 80, y la obra se va a estrenar y ya empieza a acumular cierto prestigio. En 1881 le llega una propuesta desde los Estados Unidos, quieren saber quién es Oscar Wilde, y él, ni corto ni perezoso se coge sus documentos, y el 24 de diciembre de 1881, zarpa rumbo a los Estados Unidos. Lo primero que dice nada más poner tierra allí fue “Ahhh, ciertamente digo, que el Océano Atlántico me ha decepcionado…”. Se le podía ver con su chaqueta de terciopelo ribeteado, esos calzones cortos de terciopelo, esas medias negras de seda, sus zapatitos de charol con motivos plateados, una enorme corbata verde muy brillante y una melena que le llegaba a los hombros. Era un joven corpulento como su madre y unos ojos azules, aunque no se puede decir que fuera el máximo exponente de la belleza, pero resultaba atractivo.
Y se pasea por esas calles de los Estados Unidos, y los jóvenes norteamericanos le veían asombrados, estupefactos. La obra se estrena con éxito, pero la verdad es que ese país no le interesa nada, aunque se interesó por la situación de los irlandeses y de los negros, porque hay que decir que era un tipo comprometido con su tiempo. Decían que era banal, pero no, en el fondo era progresista, quería que el mundo avanzara y se escapara de la vulgaridad. Y después de conseguir algún dinerete por su periplo norteamericano, encamina sus pasos hacia París en 1883. Paseando por sus calles, vio una estatua de Nerón, y recorta su pelo a imagen y semejanza de él, “me lo puse anenorado” dijo después. Volvió a quedarse sin dinero y tiene que tomar decisiones. Esa vida llena de estipendios y de fiestas, juergas y bacanales debe de cambiar porque sino no va a durar mucho más. Así que regresa al Reino Unido, y es el momento para el amor, y está dispuesto a hacer lo que para él era el mayor esfuerzo de todos, trabajar. Aunque no le gusta, está dispuesto a madrugar y a vivir como cualquier burgués de la época.
Había conocido a una chica hermosísima, de nombre Constance Lloyd, y los dos se enamoran profundamente. Oscar le enviaba unas cartas exquisitas, románticas hasta el delirio, y convence a Constance y se casan en 1884 cuando está a punto de cumplir 30 años. Y empieza a trabajar como periodista, etapa en la cual estuvo más asentado, unos 5 años. Y estuvo ganando buen dinero, porque escribía como los ángeles. Todos quieren contar con él, pero al tiempo empieza a tener sus primeros enemigos, porque su forma de ver la vida no había pasado desapercibida para algunos de los ortodoxos de la época, que empiezan a criticarle y a reírse de él, llamándole de todo. Tuvo dos hijos en 1885 y 1886, y los dos niños, en principio, iban a crecer felices de no ser por la tragedia que luego llegaría…
En 1887 le llega un propuesta de ascenso en el trabajo. Hay una publicación femenina que le propone ser el director de la publicación. Y él, por supuesto dice que si, porque de escribir en un periódico a dirigirlo hay un trecho. Introdujo innovaciones, la revista se vendió muchísimo, y durante 2 años tuvo una situación económica floreciente. Publica El Príncipe feliz y otros Cuentos (esa estatua con ojos de piedras preciosas, y esa golondrina que venia a visitarla, y esa nieve, y ese romanticismo, y esa unión entre dos almas…). Llegarían otros cuentos y ensayos como La Decadencia de la Mentira (magistral) o El Crítico Artista (un libro en el que nos da su visión sobre la vida, fundamental para conocerle).
Está finalizando la década de los 80, y Oscar por fin conoce su orientación sexual. Siempre lo había intuido, pero en ese año se reafirma en su homosexualidad. Constance lo intuye, pero no quiere saber nada. En 1889 el matrimonio se ha distanciado, y Constance está muy decepcionada por la actitud de Oscar, aunque aun así no le abandona. Robert Ross es el primero de una larga lista de amantes… En 1890 publica El retrato de Dorian Grey, con un éxito abrumador, un canto a la juventud. La novela es estupenda y con un final aterrador. Fue su única novela. Y sus comedias teatrales también fueron fantásticas, como Un marido ideal o La importancia de llamarse Ernesto. Es su periodo más resplandeciente para Oscar Wilde, entre 1891 y 1895.
Empieza a acompañarse de jovencitos de los barrios obreros de Londres, y todos murmuran, todos quieren saber acerca de su doble vida… Y un día tomando el té en casa de un amigo, conoce a Alfred Douglas, un joven 16 años menor que él, ya que tenía 20 años. En principio se conocieron, se gustaron, y empezaron a intimar; y la pasión se volvió irrefrenable, los dos se lanzaron al amor, a escondidas, en público, ya no se podía ocultar. Y comienza el escándalo. Ya todo se sabe. Pero él seguía mimándolo, cuidándolo, escribiéndole poesías, cartas de amor, se hacían regalos el uno al otro. Por entonces, su figura distaba ya de la de su juventud, seguía siendo enorme, pero ya bastante obeso, comilón, bebedor, fumador… en fin, que la desmesura se había apropiado de su cuerpo.
El padre de su amado estaba dispuesto a formar el escándalo, porque por supuesto no veía con buenos ojos esa relación. Un buen día, estando tomando el té, recibió una carta de él, y se podía leer muy claro “Al Sodomita de Oscar Wilde”. Y Alfred que siempre andaba encrespado con su padre, insta a Oscar a que se querelle. Estaba a punto de estrenarse La importancia de llamarse Ernesto, pero en vez de recoger las mieles del triunfo, queda avocado a los juicios, y denuncia al padre de Alfred. Tres juicios, primero como denunciador, y otros dos como denunciado. Todo el mundo da de lado a Oscar Wilde. Es juzgado por sodomita y homosexual, y aprovechan para achacarle todos los excesos que había mantenido hasta entonces. Y así, en mayo de 1895, la desgracia cae sobre él, y es condenado a 2 años de trabajos forzados. Lo único que quiso decir es que la juventud le fascinaba. Nadie entendió su mensaje, y fue vituperado por ser Gay.
Y comienza la cárcel, la que va a acabar definitivamente con su alma y su espíritu. Está completamente hundido. El genio de la estética y el glamour, aquel que había sido el máximo dandy del Reino Unido se encontraba en esas celdas oscuras, donde solo le permitían salir una hora al día. Estuvo en 3 cárceles diferentes, y en la última, concibió una de sus obras, La Balada de la Cárcel de Reading. No le perdonaron ni un solo día de los 2 años de castigo. Le soltaron pero ya nunca volvería a ser el mismo. Su mujer, Constance, había huido. La vergüenza era tal que incluso cambio su apellido y sus hijos nunca más volvieron a ver a su padre. Estaba solo, no le quedaba nadie, nada, y desolado se va del Reino Unido, nadie le quiere allí, y busca su querido Paris donde volvió a reecontrarse con Alfred, con el cual anduvo viajando.
En sus momentos finales, arruinado, deambulaba con un pseudónimo para que nadie le reconociera. Posiblemente una otitis aguda que desembocó en meningitis acabó con su vida. Era el 30 de noviembre del año 1900, y tenía 46 años. Antes de morir, acertó a pedir champagne francés, y cuando le pasaron la factura dijo “Dios mío, me muero por encima de mis posibilidades”, y es que siempre lo hizo. La que no estuvo a la altura de sus posibilidades fue la Sociedad que le rodeó. El eterno Wilde yace en el cementerio de París, al lado de otro poeta, este del rock, Jim Morrison, y allí descansan los dos, cubiertos de lirios y girasoles….
La Rosa de los Vientos – Onda Cero
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Hola, Meiguiña.
"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante."
Has elegido una hermosa frase, querida amiga, y no te preocupes por no pasar más a menudo, lo primero es lo primero, chata.
Muchos besos