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Nueve reyes y un funeral

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El funeral de Eduardo VII

Pocas veces en la historia asistió el mundo a tanta concentración de poder. Entre la comitiva que acompañaba al féretro del rey Eduardo VII de Gran Bretaña el 20 de mayo de 1910 se encontraba toda la de Europa. Hasta un representante del emperador de China estaba en aquel magnífico funeral que recorría solemne las calles de un Londres apiñado de gente. Sin embargo, algunos años después, tras la I Guerra Mundial, casi ninguna de las personalidades que allí estuvieron consiguieron mantener el trono.

Un rey bon vibant

El hijo mayor de la reina Victoria, Eduardo, nacido en el Palacio de Buckingham en 1841, estuvo alejado por su madre lejos de cualquier compromiso con el poder. La vieja reina lo controlaba todo y desde su joven viudez no permitió que ningún otro hombre le hiciera sombra. Así, el primogénito Eduardo, el príncipe de Gales heredero del trono, se entretuvo en llevar la vida hedonista de un bon vivant.

Se dedicó a las cacerías y a la conquista de mujeres, ya fuesen actrices o nobles (Lily Langtry, Alice Kepple, Lady Brooke, Princesa de Mouchy, Princesa de Sagan…), siendo responsable de innumerables casos de divorcio que se produjeron en la corte de la Casa Sajonia-Coburgo-Gotha (más tarde Windsor). Su otro entretenimiento eran los caballos e introdujo el golf en los parques del palacio real de Buckingham.

1883, reina victoria eduardo vii
Eduardo VII y su madre la reina Victoria, 1883

Nada de esta vida disoluta empañó la simpatía del pueblo inglés hacia él, ya que siempre cultivó la imagen de príncipe tolerante y bonachón. Alto, rubio, de barba grisácea bien recortada, encantador y simpático, siempre se mostraba sonriendo en la mayoría de las fotos e incluso en los actos solemnes en las que participaba. Por cierto, fue él quien inauguró la costumbre de que hubiera siempre alguien de la familia real presente en las grandes ocasiones -inauguraciones, festejos, fechas nacionales, conmemoraciones-. Incluso su modo de vestir, el estilo eduardiano, influenció la moda masculina la época.

El clímax del Imperio Británico

Cuando a los 59 años, el 9 de agosto de 1902, recibió la Corona en la abadía de Westminster después de la muerte de su omnipresente madre, el Imperio Británico estaba en su apogeo. Nada se hacía en los mares o en las tierras sin el implícito o explícito consentimiento de alguna autoridad inglesa esparcida por el mundo: eran 50 las colonias controladas por los británicos, entre ellas países enormes como Canadá (9.970.610 km²), India (3.287.590 km²), Australia (7.682.300 km²), Egipto-Sudán (3.501.663 km²) y la mitad del África Negra.

Tenía un extenso número de parientes suyos repartidos por las cortes europeas (Alemania, Rusia, Sajonia-Coburgo, Hesse, Noruega, Dinamarca, Suecia, Rumania, Grecia, España, etc.). Eduardo VII murió de un ataque al corazón como consecuencia de una bronquitis y poco después de fumarse un puro el 5 de mayo de 1910. Amado por el pueblo, fue uno de los reyes más populares de la historia inglesa.

Un funeral de alto copete

Todo el parentesco que tenía, unido al poder colosal que el Imperio Británico entonces ejercía sobre el mundo, provocó que el funeral de Eduardo VII adquiriera proporciones inauditas. Todos los soberanos importantes se hicieron presentes y una gran cantidad de príncipes. Seguramente desde la clausura del Congreso de Viena de 1815 nunca se vio junta a tantas cabezas coronadas y tanta sangre azul participando colectivamente de una ceremonia.

Comitiva funeral Eduardo VIIJunto al ataúd, conducido por la guardia real hacia la estación ferroviaria y desde allí hacia la cripta de la capilla de S.Jorge, en el Palacio de Windsor, iban su heredero el rey Jorge V, el sobrino del muerto -el kaiser alemán Guillermo II- y el Duque de Connaught. Le seguían a poca distancia el rey de Grecia, Rey de Portugal, el rey de España, el rey de Bulgaria, el Rey de Bélgica, el heredero del imperio austrohúngaro, el Duque de Esparta y el Gran Duque de Rusia, representando a su hermano el zar Nicolás II, y el príncipe Tsai Tao de China. Los dos únicos plebeyos en medio de tanta pompa, eran los republicanos Theodor Roosevelt, representante de Estados Unidos y Pichon, el ministro de Francia. En las calles se aglomeraban dos millones de súbditos venidos de todos rincones del imperio.

La caída de los Dioses

El primero en perder la corona, incluso antes de la catástrofe de 1914 a 1918, fue el rey Manuel II de Portugal, por el levantamiento republicano en octubre de 1910. Lo mismo ocurrió con el representante chino poco después de regresar a Pekín. En junio de 1914, fue el turno de Francisco Fernando, archiduque de Austria y heredero del trono, que murió en el atentado de Sarajevo. El kaiser Guillermo II perdió la guerra de 1914 y el trono, viviendo en el exilio desde 1918. Destino peor tuvieron los Romanov: el zar, con toda su familia, fueron ejecutados por los bolcheviques en 1918.

Otros, soberanos y príncipes menores, fueron destituidos o cayeron bajo las balas de anarquistas. Se trató de una auténtica y real ‘caída de los dioses’. Todo sucedió como si fuera “El Ocaso de los Dioses” de Richard Wagner, cuando en un final apocalíptico todo el escenario de la ópera se ve incendiado y destruido por la furia de dios.

Referencias: Educaterra.com, Mayer, Arno – La Fuerza de la Tradición, James, Lawrence – The Rise and Fall of the Britsh Empire. Londres: Abacus, 1995 Imágenes: Flickr, WikimediaCommons

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