Miguel Servet: médico, teólogo, hereje y mártir

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Este espíritu inquieto  aventurero pertenecía a una familia muy religiosa. Uno de sus hermanos era sacerdote. Desde su niñez dio pruebas de gran inteligencia, y al llegar a la adolescencia dominaba perfectamente el latín, el griego, el francés, las matemáticas, la historia y la geografía. Os contamos su trágico y horrible final.

miguel servetPasó a estudiar a Barcelona, donde conoció a Juan de Quintana, confesor luego de Carlos I, que le protegió y ayudo muchísimo. De Barcelona se trasladó a Toulouse, y allí cursó los estudios de Derecho. Terminados éstos volvió al lado de Quintana, con quien estuvo en la coronación del emperador Carlos I. Fue luego a Alemania, donde experimentó la influencia del incipiente protestantismo. En Basilea contrajo amistad con Ecolampadio, con quien terminó peleándose a causa de las ideas de Servet sobre la Santísima Trinidad. Sobre este tema publicó un libro que fue condenado y perseguido.

Empezó entonces una vida errante durante la cual tropezó muchas veces con la justicia, tanto civil como eclesiástica. Viajaba de un sitio para otro, y de todos tenía que salir huyendo a causa de sus ideas.

Cambiando de nombre y haciéndose pasar por tudelano -lo que alimentó la falsa idea de su nacimiento en esa ciudad navarra-, se dedicó a vivir de sus vastos conocimientos, revisando, corrigiendo y anotando obras eruditas, como la Geografía de Ptolomeo.

Pero la narración de las aventuras de Miguel Servet necesitan de muchas letras para ser contadas. Baste decir que continuaba escribiendo y estudiando. Se doctoró en medicina y ejerció esa profesión en París, donde sus servicios fueron muy apreciados. Sin embargo, tuvo que abandonar la capital francesa a causa de un libro poco respetuoso con la tradición galénica, que levantó las iras de la facultad parisina.

Por este tiempo conoció a Juan Calvino, al que de inmediato se enfrentó violentamente. Se creó un mal enemigo, pues Calvino era rencoroso y fanático, aunque en punto a fanatismo Miguel Servet no le andaba a la zaga.

calvino y servetTal vez producto de esta brutal fricción fue el libro de Servet Christianismi restitutio y la Institución de la religión cristiana de Calvino. Con una imprudencia que le fue fatal, Servet comunicó por carta a Calvino la publicación de su obra. El destinatario se enfureció y prometió que si Servet iba a Ginebra, ciudad a la sazón dominada por Calvino, no permitiría que saliera vivo de ella.

En la Restitución del cristianismo se encuentra la descripción de su descubrimiento de la doble circulación de la sangre, que pasó inadvertida durante muchos años, por hallarse en una obra de teología y no de medicina. El texto dice así:

“El espíritu vital tiene su origen en el ventrículo izquierdo del corazón, y a su producción contribuyen principalmente los pulmones. Es un espíritu tenue elaborado por la fuerza del calor, de color rojizo, de tan fogosa potencia que es como una especie de vapor claro de la más pura sangre, que contiene en sí sustancia de agua, de aire y de fuego. Se produce en los pulmones al combinarse aire inspirado con la sangre sutil elaborada que el ventrículo derecho del corazón transmite al izquierdo. Pero este trasvase no se realiza a través del tabique medio del corazón, como corrientemente se cree, sino que, por un procedimiento muy ingenioso, la sangre sutil es impulsada desde el ventrículo derecho del corazón por un largo circuito a través de los pulmones. En los pulmones es elaborada y se torna rojiza, y es trasvasada desde la arteria pulmonar, se mezcla con aire aspirado, (y) por expiración se vuelve a purificar de la fulígine; y así, finalmente, la mezcla total, material apto para convertirse ya en espíritu vital, es atraída por la diástole desde el ventrículo izquierdo del corazón.”

Siguen dos páginas y media, por lo menos, en las que aclara y completa esta descripción. Como decía Menéndez Pelayo, tal vez exagerando un poco, no es que en España no hubiese investigación científica, sino que sus resultados se encuentran mezclados en obras de tipo religioso. Digamos, por otra parte, que tal vez la primera aplicación práctica de la psicología naciente se halla en el Examen de ingenios de Huarte de San Juan.

juan calvino
Juan Calvino

Miguel Servet, que había sido condenado a muerte en Francia, cometió la imprudencia de presentarse en Ginebra, y más imprudencia todavía mostró al escuchar un sermón de Calvino que este pronunciaba en la catedral de San Pedro. Aunque se hacía llamar Miguel Villamonti, fue reconocido y encarcelado el 13 de agosto de 1553. El odio de Calvino contra Servet se hizo patente en el proceso que le siguió. Rehusó a su prisionero vestidos, alimentos y defensa. El proceso mismo fue un ejemplo de imparcialidad: todo estaba preparado para llevar a Servet a la hoguera, y Calvino manifestaba a las claras que ese era su deseo.

En la madrugada del domingo 27 de octubre -y conste que en domingo no se acostumbraba llevar a cabo ejecuciones-, Servet fue conducido a la hoguera.

Sigamos en este punto el relato magnífico de Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles, que recoge el momento en que al reo se le comunica que va a ser quemado junto con sus libros:

“Oída la terrible sentencia, el ánimo de Servet flaqueó un punto, y, cayendo de rodillas, gritaba:

miguel servet hogueraFarel -seguidor incondicional de Calvino- aprovechó este momento para decirle:

– Confiesa tu crimen, y Dios se apiadará de tus errores.

Pero el indomable aragonés replicó:

– No he hecho nada que merezca la muerte. Dios me perdone y perdone a mis enemigos y perseguidores.

Y tornando a caer de rodillas y levantando los ojos al cielo, como quien no espera justicia ni misericordia en la tierra, exclamaba:

– ¡Jesús, salva mi alma! ¡Jesús, hijo del eterno Dios, ten piedad de mí!

Caminaron al lugar del suplicio. Los ministros ginebrinos le rodeaban procurando convencerle, y el pueblo seguía con horror, mezclado de conmiseración, a aquel cadáver vivo, alto, moreno, sombrío y con la barba blanca hasta la cintura. Y como repitiera sin cesar en sus lamentaciones el nombre de Dios, díjole Farel:

– ¿Por qué Dios y siempre Dios?

– ¿Y a quién sino a Dios he de encomendar mi alma? -le contestó Servet.

Habían llegado a la colina de Champel, al campo del Verdugo, que aún conserva su nombre antiguo y domina las riberas del lago de Ginebra, cerradas en inmenso anfiteatro por la cadena del Jura. En aquel lugar, uno de los más hermosos de la tierra, iban a cerrarse a la luz los ojos de Miguel Servet. Había una columna hincada profundamente en el suelo, y en torno muchos haces de leña todavía verde, como si hubieran querido sus verdugos hacer más lenta y dolorosa la agonía del desdichado.

– ¿Cual es tu última voluntad? -le pregunto Farel-. ¿Tienes mujer e hijos?

El reo movió desdeñosamente la cabeza. Entonces el ministro ginebrino se dirigió al pueblo en estas palabras:

– Ya véis cuan gran poder ejerce Satanás sobre las almas de que toma posesión. Este hombre es un sabio y pensó, sin duda, enseñar la verdad; pero cayó  en poder del demonio, que ya no le soltará. Tened cuidado que no os suceda a vosotros lo mismo.

christianismi retitutioEra mediodía. Servet yacía con la cara en el polvo, lanzando espantosos aullidos. Después se arrodilló, pidió a los circundantes que rogasen a Dios por él, y sordo a las últimas exhortaciones de Farel, se puso en manos del verdugo, que le amarró a la picota con cuatro o cinco vueltas de cuerda y una cadena de hierro, le puso en la cabeza una corona de paja untada con azufre, y al lado un ejemplar del Christianismi restitutio.

A continuación, prendió fuego con una tea en los haces de leña, y la llama comenzó a levantarse y a envolver a Servet. Pero la leña, húmeda por el rocío de aquella mañana, ardía mal, y además se había levantado un impetuoso viento, que apartaba de aquella dirección las llamas. El suplicio fue horrible: se prolongó por espacio de dos horas, y durante mucho rato oyeron los circunstantes estos desgarradores gritos de Servet: “¡Infeliz de mí! ¿Por qué no acabo de morir? Las doscientas coronas de oro y el collar que me robasteis ¿no os bastarán para comprar la leña necesaria para consumirme? ¡Eterno Dios, recibe mi alma! ¡Jesucristo, hijo de Dios eterno, ten compasión de mí!

Algunos de los que oían, movidos a compasión, echaron a la hoguera leña para abreviar su martirio. Al cabo no quedó de Miguel Servet y de su libro más que un montón de cenizas que fueron esparcidas por el viento.

hoguera miguel servetNo faltan autores que afirman que Calvino presenció la ejecución y reía ante el martirio de su enemigo. No creemos que sea verdad. Quien haya leído las obras del reformador ginebrino -aunque no nacido en Ginebra- se dará cuenta de que tal actitud  no se aviene con su talante. Como buen fanático, Calvino era hombre que obraba de buena fe, y su crueldad estaba acorde con sus trágicos principios religiosos y las costumbres de su época.

El cristianismo de Calvino es triste, apabullante, atormentado. Su fe firme, sin ningún género de duda, sufre ante el problema de la predestinación. Calvino, cruel y fanático, podía ser injusto, pero él no lo creía así, y estamos seguros de que en vez de reír ante la muerte de Servet estaría rezando por la salvación de los cristianos que pensaban como él…

Imágenes: Flickr, WikimediaCommons Fuente: Historias de la Historia, Carlos Fisas, 1985 -Editorial Planeta-

Comentarios5 comentarios

    • Félix Casanova

      Otro triste, tristísimo, episodio ejemplo no de una época, pues es atemporal, sino como bien dices del integrismo religioso.
      Saludos

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