Los ladrones de cadáveres

En 1849, el Claustro de la facultad de Medicina de Ohio aprobó por unanimidad una tajante norma “los alumnos no deberán divulgar los secretos de la sala de disección o perderán el privilegio de acceder a ella”.

Advertencias similares se fueron extendiendo a finales del siglo XIX por la mayoría de las facultades de medicina de Estados Unidos. Había que ser prudentes si se quería continuar con una de las prácticas fundamentales de los futuros médicos. Pero, ¿por qué tanto secreto?

La razón es que los profesores de anatomía, ante el aumento enorme de facultades de medicina, debían moverse en ocasiones en los límites de la ley para conseguir el elemento indispensable en las disecciones: los cuerpos humanos muertos. Habían intentado presionar para que las leyes favorecieran que aquellos cadáveres que nadie reclamaba en los hospitales fueran a las escuelas de medicina, pero la oferta siempre era menor que la demanda.

Para cumplir con las necesidades de sus alumnos, llegaban a acuerdos con los llamados “resucitadores“, profesionales que recuperaban de sus tumbas cuerpos enterrados recientemente. Los estudiantes podían tener la tentación de divulgar la fuente o la identidad de esos cuerpos que estudiaban y de ahí los secretos en la sala de disección.

Uno de los modos más macabros de conseguir cuerpos para la ciencia, ocurrió en Europa en 1820, en Edimburgo, Willian Burke y Willian Hare estrangularon a 16 personas para vender luego sus cuerpos a un reconocido profesor de anatomía escocés. Burke pasó a la posteridad, porque su apellido sirve para nombrar en inglés la acción de matar a alguien y luego traficar con su cuerpo.
El negocio exigía que el ´producto´ estuviera en las mejores condiciones posibles. Algunos cadáveres se transportaban en barriles con serrín y alcohol desde los cementerios del sur al norte. En su gran mayoría eran cadáveres de negros.
Algunos estudiantes también quisieron participar en el “negocio” y se convertían en ´resucitadores´ para poder financiarse sus estudios. El cuerpo se cotizaba en torno a los 15 dólares.
Tal proliferación de cadáveres provocaba situaciones que obligaban a los estudiantes a romper el secreto de la sala de disección, en ocasiones con un grito. Eso le pasó a John Harrison, estudiante de Medicina de la Facultad de Ohio, quién en 1878 descubrió sobre la mesa el cuerpo de su padre, que él mismo había enterrado unos días antes.
Aquel mismo año The New York Times publicó un artículo advirtiendo de los pocos escrúpulos que tenían los ladrones de tumbas y se aprobaron algunas leyes para favorecer la oferta que entendía la disección como una forma de castigo: los cadáveres de los criminales ejecutados sí podrían ser enviados a las escuelas de medicina.

Amigo de HDNH, puedes dejar tu comentario ;-)

  1. Katy,
    Afortunadamente todo ha cambiado mucho y los galenos de hoy en día disponen de muchas herramientas para aprender su oficio sin necesidad de cadáveres. Pero claro… mejor trabajar sobre el terreno
    Bss