Galdós, el novelista historiador

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La del  fue un laberinto de guerras civiles, pronunciamientos y cambios desconcertantes de gobierno. Y no hay mejor forma de obtener una imagen real de este complejo período que leer los de Galdos en su totalidad. No sólo como historia, sino como una experiencia viva que ilumina todas las facetas aquella época.
Pocas personas han leído las cuarenta y seis novelas, que representan aproximadamente la mitad de la producción total de Galdós. Muchos historiadores opinan que revelan sesgos, abierta o involuntariamente, de modo que la presentación de los “hechos” es a menudo distorsionada o prejuzgada. Galdós no está exento de esa crítica, pero hizo un esfuerzo decidido por presentar una imagen objetiva de la España del siglo XIX, tarea nada fácil en una época más dada a la emoción que el razonamiento claro.

Más importante aún, consideraba la historia como un todo, abarcando el espectro más amplio posible de la actividad humana, incluyendo aspectos de la vida cotidiana que muchos historiadores profesionales suelen dejar de lado.

Así, aunque español de pro, Galdós fue capaz de ver la vida patria desde una perspectiva alejada. Gran periodista que pronto se sumergió en la política y sociedad madrileña, desde la burguesía y el clero a las clases más bajas.

Galdós estaba claramente a favor de la europeización de España y del progreso ilustrado, más que de lo que él consideraba el oscurantismo del pasado.

Por lo tanto, no debería sorprendernos saber que los Episodios Nacionales están imbuidos de un propósito didáctico -quizá casi misionero- de presentar a España a sus propios ciudadanos.

Lo que realmente interesa a Galdós es el tejido más profundo de la vida cotidiana: las costumbres locales, los problemas familiares diarios, la religión (tanto personal como institución), los patrones sociales cambiantes, las peculiaridades regionales del habla, la psicología individual y de clase -en síntesis, lo que más tarde denominaría la intrahistoria, el amplio movimiento de las corrientes oceánicas apenas discernible bajo la agitación superficial de las olas. Galdós dijo:

¡Si la historia fuera sólo una batalla! Si sus únicos actores fueran personas famosas, ¡cuán pequeña sería!

Al igual que muchos liberales españoles, Galdós se había desilusionado por la hipocresía de los años posteriores a la Revolución de 1868, que forzó a a salir de España, pero de hecho no había resuelto nada. La nación estaba sufriendo una prolongada crisis espiritual, ocasionada no por la decadencia del pueblo, sino por la conducta poco ética de sus gobernantes.

Galdós se concentró más en el conflicto político, más que militar. Ya con Juan Martín el Empecinado había observado que el guerrillero, lejos de ser un fenómeno reciente en España, era un descendiente lineal del contrabandista y bandolero, Y que sólo un sentido moral y circunstancias fortuitas se distinguían entre ellos. Galdós también previó que el legado de los autoproclamados generales y combatientes irregulares era potencialmente muy peligroso: Napoleón entró en escena y todos despertaron.

Galdós comprendió claramente que los eran la trágica consecuencia de una España que había sido despertada rudamente en 1808, conducida al aire libre y que “todavía no había regresado a casa”. El mundo de Fernando VII es visto por el liberal Galdós como mezquino y vicioso, un regreso a un pasado oscuro y una negativa consciente de entrar en el mainstream europeo progresivo.

El humor se vuelve cada vez más reflexivo, incluso filosófico, y algunos personajes están dotados de cualidades derivadas de figuras literarias como el Arcipreste de Hita, La Celestina, Don Quijote y Don JuanMuchos de los personajes son poco más que caricaturas o figuras alegóricas. Incluso los personajes históricos, como y Canovas del Castillo, están escasamente dibujados, tal vez a propósito para evitar ofender.

Habiendo admitido las deficiencias literarias de los Episodios, inevitable en una empresa de tales dimensiones, uno se queda aún asombrado ante el magnífico panorama que se presenta, la imaginación fértil aferrada a una inteligencia astuta, a la vasta erudición y a la firme comprensión del todo. Hay una generosidad de perspectivas, un espíritu de compromiso y de comprensión raro en la España del siglo XIX, una amplitud de visión que tal vez hace de Galdós el mejor intérprete de España en una época turbia.

2 COMENTARIOS

  1. Galdós era un monstruo, un gigante de las letras; pero no era un poeta exquisito. La lírica no era lo suyo; por eso su estilo y su temática siempre han tenido detrás críticos de esto y de lo otro. Sin embargo, nadie puede dudar del espacio que ocupa merecidamente en nuestra literatura y en nuestra historia. Y en los billetes de mil pesetas.
    Un saludo.

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